Presentaciones.

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Eva apenas había regresado del colegio y ya peleaba con su hermano por tener el mejor sitio del sofá. Tenía 6 años, ya iba al cole de los mayores. Esa misma mañana andaba tan nerviosa, revisando la maleta cada dos por tres, nada podía fallar. La mayoría de sus compañeros seguirían siendo los mismos que en el jardín de infancia, pero a ella eso no le importaba, ya iba al cole de los mayores. Sí, había sido un gran día para Eva. 

-¡Idiota, me haces daño!

Su hermano pequeño no paraba de lanzarle cojines a la cara para que Eva se moviera del sofá, del que se había hecho dueña. Pero le tocaba a ella, que el día anterior ya lo tuvo su hermano Bernabé. Todos le decían Berni, pero como ahora estaba molesta con él, lo llamaba Bernabé.

-Eva, déjale a tu hermano, que es muy pequeño y vendrá cansado de su primer día.

-¡Pero mamá, me toca a mí! ¡Y yo también he tenido mi primer día!

-Y me alegro, luego me cuentas qué tal te ha ido. Pero ahora parad de pelearos y déjale el sitio a tu hermano, hazme el favor Eva, que tengo que ir a preparar el almuerzo. ¡Que no se diga, que eres la mayor y peor que si fueses la pequeña!

Desde que Berni nació siempre había tenido privilegios, no era nada nuevo. Aunque Eva, lejos de sentir celos, lo consentía. Siempre había tenido adoración por ese pequeño cabroncete. Y además, ella siempre había ido un poco por libre, así que, en cierto modo, le gustaba que otro acaparara la atención.
Su madre abandonó la habitación y Eva se levantó a regañadientes del sofá pero, como no quería sentarse en el sillón, se sentó en el posabrazos con la más firme intención de no pasar ahí mucho tiempo. Pero no se apoyó simplemente, no. Eva se sentó en el brazo del sillón, como si de un pequeño e incómodo caballito se tratara: un pie estirado hasta el suelo, otro encogido en el sillón. Incómodo, sí, pero aquella posición procuró algo que Eva no esperaba en absoluto. Ella misma quedó sorprendida de esa especie de cosquilleo que acababa de sentir en la entrepierna, en cierto modo, se sintió como si la hubieran sorprendido haciendo algo que no debía, y por ello miró de reojo a su hermano, para ver si él se había percatado de algo. Pero no, Berni estaba en su propio paraíso entre cojines y dibujos animados.
Al ver que sólo ella había notado aquello, Eva decidió probar de nuevo. Aquella sensación agradable ya había pasado, y Eva quería sentirla de nuevo. Con el pie que tenía en el suelo hizo un poco de impulso, lo suficiente, para que el brazo del sillón volviera a ejercer presión de nuevo sobre sus braguitas libres de pecado. Las braguitas que había elegido la noche anterior para llevar en su primer día de clases, como el resto de su ropa, entre nervios, que ya iba al cole de los mayores.
Eva no podía parar, la sensación que le procuraba cada uno de sus pequeños saltitos le gustaba. Y saltaba, saltaba -miraba a su hermano, que reía ajeno a cualquier otra cosa que no fuera la televisión- y saltaba, y saltaba… Respiraba muy fuerte, pero no podía dejar de provocar ese roce, y venga saltos, y volvía a saltar y saltar…

-¡A COMEEER!

En un momento Eva ya tenía los dos pies en el suelo y ya peleaba con su hermano, a empujones por el pasillo, a ver quién llegaba antes a la cocina…

Descubrir su coño no entraba en las típicas novedades que se dan en un primer día de clases, pero llegados a este punto, las cosas que le esperaban a Eva, y a su coño, no podían sino mejorar.

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