Un día más.

sexo1

-Joder, nena. ¡Cómo te corres!
Era la cuarta vez que Eva se corría en menos de 15 minutos. “Aunque a estas alturas de la película, Julio ya debería de estar acostumbrado”-pensó Eva.

Eva descubrió que era multiorgásmica al poco de empezar a experimentar con su sexualidad. Este hallazgo pudo haber sido mucho más temprano, pero hay que tener en cuenta que ‘las capacidades’ de sus primeros amantes no daban mucho margen, mucho menos la posibilidad de acercarse a sus límites. Esta condición no suponía un problema para Eva, más allá de que al final de sus encuentros sexuales quedaba exhausta, ya que tras cada orgasmo (cada vez más acelerados e intensos conforme suceden) perdía mucha energía. O no. No es exactamente energía. Digamos que todo su cuerpo se vuelve infinitamente más sensible a cada roce, soplo, beso, caricia… Tanto que no puede parar de estremecerse. Tras cada corrida Eva necesitaba unos segundos para poder seguir con lo que se traía entre manos (o mejor dicho, entre piernas), de lo contrario, le sucedía algo que constantemente le ocurría en sus encuentros con Julio. Él simplemente no podía esperar a que Eva se ‘recuperase’ cada pocos minutos. “Es que si no se me baja todo, nena.”-decía siempre.

Sí, en el caso de Eva, unos segundos marcaban la diferencia entre un buen rato ‘haciendo manitas’ o el fin automático. En esas veces en que Julio hacía caso omiso de la necesidades de Eva, lo primero que ocurría era, que de una forma u otra, hacía que Julio saliera de ella, y acto seguido se hacía un ovillo, con todo su cuerpo temblando en ese sádico placer, y procuraba moverse lo menos posible hasta que pasara, ya que cualquier posible movimiento, contacto… le provocaba una nueva descarga por todo el cuerpo. Nunca se sabía por cuánto tiempo Eva podía permanecer así.

-¡Hostias, que esperes, he dicho!

Julio acababa de embestirla de nuevo y a Eva aún le latía el coño. Pero mientras se retorcía pudo ver en el gesto de su cara que no le quedaba mucho. “Aguanta un poco, está al caer”. Tenía prisa por irse de allí, estaba un poco agobiada. Llevaba 3 días en casa de Julio y nunca había estado tanto tiempo pegada a la misma persona.

Se conocían desde los 8 años, ambos iban a clases de piano juntos. Pese a esto y al tiempo que hacía que se conocen, no sabían mucho el uno del otro. Lo del sexo empezó de mutuo acuerdo, ninguno de los dos quería tener pareja, así que empezaron a encontrarse cada vez que alguno de los dos tenía la casa vacía. No, Julio no desvirgó a Eva. Eso ocurrió el día en que ella cumplía 15 años, con un chico al que jamás volvió a ver, por cierto. Suele pasar si vas como una cuba en una fiesta en la playa. Fue por eso que desde entonces cada vez que alguien relacionaba sexo y playa a Eva le entraban los siete males. No quería ni oír hablar del tema.

Lo de Julio empezó poco después, Eva quería más y encontró al compañero perfecto. Ni preguntas, ni juicios, ni explicaciones. Ahí se iba a lo que se iba. A ambos les parecía bien así y uno se acostumbra fácilmente a lo cómodo.

Y ahí lo tenía, pajeándose encima de su estómago mientras se corría como un loco.

-Todo para ti, todo para ti…-repetía sin parar- Ufff, todo, todo…

-Sí, sí, todo para mí… -dijo Eva con desgana- ¡Ah, y gracias por no irte dentro esta vez, guapito! -dijo Eva mientras lo apartaba y salía de la cama. Posó los pies en el suelo, cruzó los brazos sobre sus muslos y agachó la cabeza sobre ellos. Estaba irascible, asqueada de aquella situación. Definitivamente, la compañía no era lo suyo. Tres días eran demasiados, necesitaba un poco de espacio, aire, sólo para ella. Cogió una toallita de la mesilla de noche y se limpió la barriga y las tetas.

Sintió lástima por Julio, quien por su parte no tenía la culpa de cómo era ella. Se levantó, y mientras se colocaba el sujetador, agradeció a Julio aquellos tres días, que lo había pasado bien. Le agradeció también que hubiese cocinado para ella (esto es algo que Eva REALMENTE apreciaba en la gente) y que la perdonase si había sido brusca con él en algunos momentos -se subió los pantalones vaqueros-. Que se tenía que ir -se metió la camiseta blanca por la cabeza-. Que hasta otra -y se subió la cremallera del pantalón-.

Julio, sentado al borde de la cama, justo donde Eva había estado unos momentos antes, la cogió de la mano y la atrajo hacia él quedando Eva entre sus piernas. Todavía estaba desnudo y su pene ya había aflojado. “Qué espectáculo tan enternecedor” -pensó Eva. Gracias al Universo que no lo dijo en voz alta.

-A mí me gusta el café que me haces.-dijo Julio, que dejó de recostar su cabeza en el pecho de Eva para abrocharle el botón del pantalón, aún abierto.

De alguna manera, a Eva le vino la descabellada idea de que Julio no estaba hablando de café. Y que, a ella no la vestía nadie. No, no podía ser cierto… Tenía que estar de coña…

-Eva, no me importaría conocerte, además de verte, claro.

No lo volvió a ver, hablarían en el futuro, saber algo el uno del otro. Pero no verlo, quizás se cruzaron por la calle algunas veces, pero ninguno de los dos se dio cuenta o, si lo supieron, ninguno de los dos demostró lo contrario.

“Una pena tener que irme así.”-pensó Eva mientras bajaba las escaleras del piso de Julio- “Me gustaría haberme cepillado los dientes antes”.

Anuncios
Estándar

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s