¿Para qué marcar las distancias, si pueden sentirse…?

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Aquella noche Eva estaba cansada, terriblemente cansada. De hecho, ya había apagado la lamparilla que tenía en el cabecero de la cama hacía ya un buen rato. Tenía los ojos cerrados, por pura pesadez, aunque hubiera querido mantenerlos abiertos en la calma de la oscuridad de su habitación, no habría podido.

Dormitaba boca abajo, aunque con el cuerpo ligeramente ladeado apoyándose por el costado derecho. Su brazo izquierdo bajo la almohada, el derecho por encima, como en un incómodo abrazo. La pierna derecha de Eva estaba estirada a lo largo de la cama, mientras que la izquierda estaba flexionada en la rodilla, como si quisiera rozar con ella su pecho desnudo. Era un conjunto de extremidades y ángulos extraños para dormir, una masa de piel clara que contrastaba con el negro de sus bragas pero conjuntaba con la luna que asomaba por su ventana. Pero claro, es que Eva aún no estaba durmiendo…

De repente, apareció su boca en la mente de Eva. La oscuridad hacía que la viera con mucha más nitidez. Imaginó que ésta subía lentamente por la pierna que tenía estirada, y que con la mano le sujetaba la otra, para que así no pudiera resistirse a cerrarlas. A Eva se le empezó a erizar la piel, desde los pies a la nuca…
Maldijo el poder que tenía su cabeza sobre el resto de su cuerpo, lo inoportuna que resultaba a veces, pero se rindió a ella. Estiró ahora las dos piernas, abriéndolas todo lo que su estrecha cama le permitía. Ya estaba mojada, lo sabía, pero si quedaba alguna duda la resolvió al notar el frescor que le produjo el roce del aire sobre las bragas empapadas al abrirse, para él, para nadie…

“Qué traicionera la imaginación…”-pensaba. Y mientras casi podía sentir el calor de sus besos en el interior de sus muslos, frescos al tacto, que Eva separaba agarrándose fuerte el culo, tirando de él hacia fuera, como él hubiera hecho.
El roce de la braga se volvía insoportable, la necesidad que tenía de él cada vez mayor. Cómo lo buscaba, con las caderas, que movía de forma lenta pero sin parar. Despegaba su pelvis de la cama, creando un arquito con su cuerpo, y luego bajaba para arrastrar su coño en las sábanas. Todo un desastre, ella lo que quería era tenerlo dentro mientras la agarraba bien fuerte las caderas para así evitar que se moviera tanto.

La respiración de Eva era ya muy acelerada, jadeaba, con la boca entreabierta, y tuvo que aguantar un gemido cuando separó las bragas de su coño húmedo antes de empezar a acariciar su clítoris. Estaba muy excitada, tenía unas ganas locas de follar con él, tal era la forma en que se calentaban cada vez que hablaban. Los dedos de Eva iban cargados de sus intenciones, de sus pensamientos, de ese deseo tan fuerte que sentía por él.

Empezó a meter un dedo poco a poco (se acariciaba y cada vez lo iba hundiendo un poco más en su interior…), luego dos. Sus dedos empezaban a arrugarse, como cuando te das uno de esos baños largos. La imaginación de Eva era rápida, inundaba su cabeza de mil posturas, mil gestos, mil formas en que podría follárselo. Pero claro, traicionera como era la imaginación, dejó su boca como colofón. Eva metía y sacaba los dos dedos muy rápido, a la vez que cuando lo hacía rozaba su clítoris con las yemas de los dedos, como si fuera su lengua, su BOCA, allí realmente, entre sus piernas.

Sabía que venía, lo notaba, todo su cuerpo empezaba ya a estremecerse, ese acto involuntario de contener la respiración que siempre tiene justo antes de correrse, causando una explosión de placer doble al tomar aire a la vez que se deja ir… Eva no quería hacer ruido, todos en su casa dormían, pero aunque ahogó su orgasmo en la almohada, su garganta hizo un ruido extraño. Ya estaba hecho, de todos modos. Y Eva cruzó las piernas, así boca abajo como estaba aún y cerró los ojos, notando como latía el interior de su vagina, dejando que su respiración se normalizara…

Justo antes de quedarse dormida, tuvo una idea para vengarse un poco de lo que él le había hecho hacer esa noche, consciente o no. Cogió su móvil y le escribió sólo una frase:

“Hijo de puta, la próxima vez que me quites el sueño, no te olvides de la ropa.”

Y lo dejó debajo de la almohada como siempre hacía y cerró los ojos con una media sonrisa, dejándose arrastrar por esa extraña mezcla entre cansancio y placer consumado, sabiendo que, si entendía el por qué del mensaje, probablemente él empezaría el día de la misma forma en que ella lo había terminado…

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